«El banquete», del amor, el bien y la belleza

En «El banquete», Platón establece una serie de niveles discursivos y de realidad que le van bien a su obra. En ella va a mezclar personajes que existieron en su mayoría con otros cuya existencia es discutida. Imagen de Platón, RaphaelQS, distribuida por Wikimedia Commons bajo licencia CC BY-SA 4.0.

El banquete, uno de los textos clave de la filosofía, da la razón a quienes defienden que esta es una parte de la literatura. Composición sofisticada, personajes definidos, ritmo, tensión y distensión… Literariamente lo tiene todo y todo lo que tiene es bueno. Filosóficamente, es todavía mejor: en medio de una tormenta de ideas expuestas por turnos, Platón traza un inolvidable perfil de Sócrates; presenta su argumentario respecto del amor, el bien y la belleza; y escribe un texto donde hay que buscar el origen de la expresión amor platónico. No es posible más por menos.

Por Pilar Gómez Rodríguez

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El banquete, de Platón (Gredos).

Platón debió de ser uno de esos que opinan que lo mejor de la comida es lo que viene después, la sobremesa. Pero titular la obra así… Él la llamó Sympósion, aunque en español se ha traducido habitualmente por El banquete porque en la definición de «simposio» la comida ni aparece y, además, esa palabra puede tener connotaciones soporíferas, cosa que también pasa después de un banquete. El que pudo originar esta obra se data en el año 416 a. C., mientras que la fecha del encuentro (de Apolodoro con unos amigos) del que parte la narración, hacia el 400. Platón, siguiendo el estudio de García Gual, Martínez Hernández y Lledó que incluye la edición de Gredos, lo habría escrito entre los años 384-379 a. C.

¿Esto qué quiere decir? Platón no escribe «esto que van seis amigos y después de comer…». No. De entrada establece una serie de niveles discursivos y de realidad que le van bien a su obra. En ella va a mezclar personajes que existieron en su mayoría con otros cuya existencia es discutida, como Diotima, y donde está en entredicho la propia realidad del banquete. En la actualidad son mayoría los que sostienen que los hechos no fueron esos. En la mencionada edición de Gredos, se lee: «Todo el diálogo está tan minuciosamente calculado y subordinado a la construcción del conjunto que hace suponer que la descripción del banquete es por completo un producto de la imaginación del autor, que ha elegido los participantes en función del papel que le estaba reservado en la estructura de la obra». Sea como fuere, la dosis de realidad que contenga no es demasiado relevante a la hora de disfrutar al máximo de esta obra cumbre de la literatura y la filosofía.

Como si se tratara de una sesión de monologuistas, los personajes van desfilando y uno tras otro intenta, en un discurso, dar su visión del amor

Seis monólogos explican el amor

Empezaremos por el final. Apolodoro es el narrador, alguien que no estuvo en el banquete tal y como se lo explica a unos amigos (Glaucón entre ellos) que creían que sí había estado. Les cuenta que quien estuvo en realidad fue Aristodemo, a quien Sócrates había llevado sin haber sido invitado. Al lío, le dicen, pero de su forma: «No vale la pena, Apolodoro, discutir sobre esto. Pero lo que te hemos pedido, no lo hagas de otra manera y cuéntanos cuáles fueron los discursos».

De esta forma original y explícita, los encargados de la introducción avisan de que ya va a empezar la función. ¿En qué consiste? Como si se tratara de una sesión de monologuistas, los personajes van desfilando y uno tras otro intenta, en un discurso, dar su visión del amor. El tema lo ha propuesto uno de los invitados, Eriximaco, a quien extraña que, «de tantos poetas que han hecho himnos y cánticos en honor de la mayor parte de los dioses, ninguno haya hecho el elogio del Amor». Los demás están de acuerdo  en improvisar un discurso de alabanza en su honor.

El primer turno le corresponde a Fedro. Sí, el primer monologuista es Fedro, conocido porque tiene un diálogo de Platón para él solo que lleva su nombre y cuyo tema también es el amor. En su exposición en El banquete, Fedro afirma que el amor «es el primer dios que fue concebido», es el más antiguo y su mayor logro es ser capaz de sacar las más nobles acciones del ser humano: «No hay hombre tan cobarde a quien el Amor no inspire el mayor valor y no le haga semejante a un héroe», afirma.

Pausanias, a continuación, tras una exaltación del amor en su versión más carnal —y una defensa de la pederastia entre hombres—, concluye que el amor por sí mismo no es ni bello ni feo: «Es bello si se observan las reglas de la honestidad, y es feo si no se tienen en cuenta estas reglas». Las enumera entonces y concluye que «es bello amar cuando la causa es la virtud. Este amor es el de la Afrodita celeste» y lo opone a la Afrodita popular en una dicotomía que lleva el sello de la casa platónica.

«Apruebo la distinción que ha hecho de los dos amores, pero creo haber descubierto por mi arte, la medicina, que el amor no reside solo en el alma de los hombres (…), sino que hay otros lugares y otras mil cosas en los que se encuentra». Habla Eriximaco, el cuñao de la reunión. Su turno empieza con consejillos para quitar el hipo a otro de los participantes; su estilo es pedante y se recrea en lo suyo, llevando a su terreno y experiencia personales aquello de lo que se estaba hablando mientras disemina en el discurso nociones de astronomía, música…

«El amor es el primer dios que fue concebido. No hay hombre tan cobarde a quien el Amor no inspire el mayor valor y no le haga semejante a un héroe». Fedro

El amor platónico

Puedo que no te suene el nombre de Aristófanes, pero seguro que has oído y dicho lo del amor platónico. El origen de la expresión hay que buscarlo en este discurso. En él relata cómo Zeus dividió a los seres humanos en dos y lo que pasó después: «(…) Cada mitad hacía esfuerzos para encontrar la otra mitad de la que había sido separada; y cuando se encontraban ambas, se abrazaban y se unían, llevadas por el deseo de recuperar su antigua unidad». Se trata de la parte más conocida de El banquete y una de las recordadas de toda la obra Platón. Curiosamente, en ella no interviene directamente Sócrates, que es el alma —por seguir con la terminología platónica— de esta obra y el eje de la producción del autor. Pero para llegar hasta él aún queda por escuchar a Agatón.

El anfitrión, Agatón, es el guapo de la reunión y su discurso gira en torno a la belleza (del amor) de la que procedería todo bien tanto para los humanos como para los dioses. Pese a los aplausos que recibe, resulta «pobre de contenido, una especie de pastiche de estilo gorgiano (…). Su máxima aportación es que Eros está ocupado siempre con la belleza», se lee en la edición de Gredos.

Con Sócrates llega la hora de la verdad. No es una manera de hablar, sino que lo dice él: «Hablaré a mi manera, proponiéndome decir solo cosas verdaderas, sin aspirar a la ridícula pretensión de rivalizar con vosotros en elocuencia».

Sócrates y Diotima

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El banquete, de Platón (Taurus).

Así como el narrador nos relata lo que aconteció en ese banquete para instruirnos sobre el amor, Sócrates explica a los reunidos las enseñanzas en esta materia que aprendió de Diotima. Ella habría utilizado en su argumentación las mismas armas de Sócrates: desmontaje de prejuicios, diálogo… Para empezar, Diotima niega que el amor sea un dios como se había hablado, se trataría de algo que no es ni bello ni feo, ni bueno ni malo, tampoco es mortal o inmortal: se trataría de un demonio, en algunas traducciones —como la de Patricio Azcárate para Taurus—; en otras, de un espíritu o daimon o demon para quienes estén relacionados con la mitología griega. En El banquete se define daimon como aquel que «ocupa un lugar intermedio entre los dioses y los hombres» y cuya función es «ser intérprete y mediador entre los dioses y los hombres». Siguiendo por esa senda del término medio concluye Diotima que el amor es un filósofo, un amante de la sabiduría que es el lugar que tiene quien se sitúa entre el ignorante y el sabio.

Si esta es su naturaleza, su aspiración o su deseo es el de poseer siempre lo bueno. En ese siempre va incluida la dosis de inmortalidad que hace que Eros sea deseo de perpetuar lo bello. Y ¿cómo se perpetúa? Pues mediante los hijos de la carne o de la inteligencia, que son «más bellos e inmortales».

Finalmente, Diotima marca la senda y da instrucciones precisas para hallar «el camino recto del amor» y que son: «Comenzar por las bellezas inferiores y elevarse hasta la belleza suprema, pasando, por así decirlo, por todos los grados de la escala (…)». Y mientras los asistentes al convite suben y bajan de esta manera los peldaños del amor, suenan voces y golpes en el exterior.

El origen de la expresión «amor platónico» hay que buscarlo en el discurso de Aristófanes, quien relata que Zeus dividió a los seres humanos en dos grupos: «Cada mitad hacía esfuerzos para encontrar la otra mitad de la que había sido separada; y cuando se encontraban ambas, se abrazaban y se unían, llevadas por el deseo de recuperar su antigua unidad»

Alcibíades: del elogio del amor al elogio de Sócrates

Llega tarde, borracho e instando a los demás a beber con él. No, no tu amigo, sino Alcibíades. Con él, el libro da un giro y del elogio del amor pasa al elogio de Sócrates. Pero no es una exaltación etílica la que Alcibíades hace de Sócrates, es un discurso minuciosamente pensado que ejemplifica todo lo que este acaba de decir en modo teórico. Resistió al ofrecimiento de convertirse en amantes, demostrando gran templanza y fuerza de alma, pero también de cuerpo al soportar con gran paciencia fatigas tales como la sed, el hambre, el frío, el cansancio… Fue valiente como ninguno cuando estaban en campaña, el que no le abandonó cuando estaba herido, el que no permitió que cayera en manos del enemigo, el que le salvó la vida. El retrato que hace de Sócrates y sus virtudes es el que ha pasado a la historia: «Veis igualmente que todo lo ignora, que no sabe nada, o por lo menos, que hace el papel de no saberlo (…). Pero mirad dentro de él, compañeros de banquete; ¡qué de tesoros no encontraréis en él!».

Los monólogos acaban, sobreviene el diálogo y la fiesta prosigue. Algunos de los participantes abandonan, otros caen rendidos, otros permanecen con su charla hasta el día siguiente. Lo último que Aristodemo refiere al narrador es que, tras abrir los ojos —era de los que se habían dormido—, oyó a Sócrates hablar de la necesidad de ser a la vez «poeta trágico y poeta cómico, y que, cuando se sabe tratar la tragedia según las reglas del arte, se debe saber igualmente tratar la comedia». ¿Se puede ser más moderno? No; para eso están los clásicos. 

Para saber más… Platón, el origen de la filosofía en Occidente

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