¿Hacia dónde va el feminismo hoy? Cuatro pensadoras responden

Feminismo. Imagen de Samantha Pantoja de la marcha del último 8M en México. Licencia Wikimedia Commons CC BY 2.0.
Imagen de Samantha Pantoja de la marcha del 8M de 2020 en México. Licencia Wikimedia Commons CC BY 2.0.

Con motivo del 8 de marzo, día de las mujeres, hemos preguntado a cuatro filósofas hacia dónde creen que se dirige el feminismo. Y aquí están sus reflexiones.

Por Mercedes López Mateo

En la actualidad, el feminismo está cada vez más inmerso en nuestros debates del día a día. Poco a poco somos más conscientes de las implicaciones que tienen el lenguaje, nuestros cuerpos y sus expresiones en los avances de la lucha por los derechos de todas las mujeres. No obstante, eso no significa que hayamos olvidado su carácter filosófico ni lo mucho que tiene el pensamiento que decir al respecto. Por ello, a continuación presentamos lo que cuatro filósofas del panorama europeo y latinoamericano tienen que decir sobre el horizonte hacia el que se dirige el feminismo actual.

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Luciana Cadahia es filósofa por la Universidad Nacional de Córdoba, en Argentina, y doctora por la Universidad Autónoma de Madrid, en España. Ha realizado estancias de investigación en universidades como Paris I Panthéon-Sorbonne, la Universidad Friedrich Schiller de Alemania o la Universidad de Brighton en Reino Unido. Ha publicado numerosos libros tanto en América Latina como en Europa, como El círculo mágico del Estado: feminismo, populismo y antagonismo o, más recientemente, Fuera de sí mismas, que ha coordinado junto a Ana Carrasco-Conde.

«El feminismo busca poner fin a una de las formas de opresión más antiguas de nuestras sociedades: la opresión hacia las mujeres y las diversidades sexuales. Pero, junto a esta fuerza, existen otras cuyas luchas buscan deshacer las opresiones de raza y clase. Es muy importante que todas estas fuerzas feministas, antirracistas, anticoloniales y anticlasistas no asuman sus luchas separadas las unas de las otras. Por el contrario, necesitamos una mayor articulación entre todas ellas, puesto que solo así podremos construir un campo popular que tenga la capacidad para disputarle al gran capital el control ciego de nuestras formas de vida. Es decir, es necesario cortocircuitar las lógicas de despojo que hoy no nos permiten formar parte de eso que hemos dado en llamar ‘la cosa pública’.

Y esta articulación colectiva nos tiene que ayudar a imaginar un mundo alternativo al patriarcado y al neoliberalismo. Dicho de otra manera: retomar ese viejo proyecto moderno de pensar de forma no inmunitaria nuestra relación con la ‘naturaleza’. Creo que esta misteriosa palabra, la naturaleza, es un significante sobre el que es necesario volver y darle una nueva forma en la imaginación y el deseo. Allí, en la imposibilidad de pensar la naturaleza y, por ende, el trabajo sin plusvalía, se encuentran muchas de las paradojas contemporáneas.

En esa dirección, necesitamos construir una república de los cuidados solidaria con todas las luchas sociales y capaz de imaginar una sociedad más igualitaria y más libre para todes. Y esto supone dos movimientos al mismo tiempo. Por un lado, implica un movimiento hacia atrás, es decir, un movimiento que recoja y reactive todos esos acumulados históricos en los que ha sido posible materializar la igualdad en nuestras sociedades y nuestras repúblicas. Nos debemos a nuestros muertos y a las diferentes conquistas que fueron capaces de propiciar. Y, por otro, supone construir un deseo de futuro, un deseo que nos permita vislumbrar instituciones y prácticas políticas y estéticas que nos ayuden a salir de esta ciega pulsión de la ‘naturaleza’ que no hace otra cosa que conducirnos hacia la autodestrucción de lo humano».

«Es muy importante que las fuerzas feministas, antirracistas, anticoloniales y anticlasistas no asuman sus luchas separadas las unas de las otras. Solo así podremos construir un campo popular que tenga la capacidad para disputarle al gran capital el control ciego de nuestras formas de vida». Cadahia

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Virginia Fusco es licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de Padua (Italia) y doctora en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid (España), donde imparte clases de Estudios de Género y Filosofía. Es especialista en las convergencias entre filosofía, feminismo y literatura, además de en Estudios Postcoloniales por el SOAS de la Universidad de Londres.

«La edición online del diccionario Webster, rastreando los términos más buscados a lo largo del 2017, señala, en diciembre, que feminismo había sido el término más sondeado en un año en el que la capacidad de movilización y organización internacional de las mujeres claramente las ponía en el centro de un nuevo y vibrante escenario de luchas para construir un mundo más igualitario, justo, y en definitiva, más libre.

Acogí tal noticia con alegría… ¿Cómo no emocionarse cuando las prácticas sociopolíticas colectivas de las mujeres como grupo históricamente subordinado logran estar en el centro de un renovado interés? ¿Cómo no alegrarse cuando gran parte de las manifestaciones representadas en la prensa nacional e internacional retratan un grupo tan heterogéneo donde caras de veinteañeras aparecen al lado de rostros de mi edad? ¿Qué decir de la forma en la que carteles como ‘Nadie ha tenido un orgasmo limpiando cocinas’ y ‘No a la subconTRATAción de trabajadoras’ desfilan juntos? Esta variedad de formas y dimensiones nos dice algo acerca de la trayectoria del feminismo como movimiento, de su potencial y, también, de sus derivas futuras.

No obstante, los debates que se registran en los mismos foros de organización de los eventos me preocupan; me inquieta que el enorme éxito y alcance de las vindicaciones del feminismo, o de los feminismos, supongan simultáneamente un logro y, potencialmente, un desafío mortal. De hecho, que el feminismo se muera de éxito me parece una posibilidad muy concreta.

Por un lado, me preocupan, quizás por mi propia trayectoria, acercamientos al feminismo menos mediados por la dimensión teórica del canon y el abandono de un énfasis (¿excesivo?) en los elementos conceptuales que han articulado la praxis política feminista y el análisis de la condición especifica de las mujeres como grupo históricamente oprimido.

Por otro, no deja de inquietarme e indignarme la manifiesta hostilidad con la que algunos colectivos a lo largo de los últimos años parecen incapaces de acoger ‘nuevas subjetividades’ dentro del propio movimiento, así como todos los desafíos que la multiplicidad de condiciones subjetivas suponen para la práctica política. En efecto, estos sectores reinciden en una idea de homogeneidad del ‘sujeto feminista’ y de su condición que desafía no sólo este canon cada vez más desconocido, sino también la propia experiencia histórica del feminismo en su globalidad.

Considero que, si bien las propias teóricas feministas han producido desde los años 80 una abundante reflexión acerca de los posibles modos de construcción de un nuevo imaginario que pueda unificar nuestras acciones contra las derivas neoliberales, algunos sectores dentro del propio movimiento vindican prácticas de exclusión, segregación y censura que poco o nada tienen que ver con este proyecto colectivo de emancipación y de libertad.

Las maneras en las que resolvamos estos conflictos, desde una capacidad de escucha, entendimiento y respeto por las subjetividades que diversamente encarnan los ideales del propio feminismo, me parece que es clave para hacer un diagnóstico acertado de nuestro presente y de nuestro futuro. Si bien los conflictos son parte inevitable de una abertura real hacia las otras, las formas de resolución de los mismos nos hablan de cierta miopía conceptual de las que están preocupadas por conseguir y/o mantener su propia hegemonía dentro del movimiento.

Por lo tanto, creo que nuestra tarea en un futuro inmediato es no solo la de re-pensar las maneras en las que hemos definido la identidad-mujer como principal centro de gravedad sobre el que pivotan nuestras prácticas, sino la de cuestionar si todavía es acertado poner el acento en la pregunta identitaria acerca de ‘quién es el sujeto del feminismo’ en lugar de reconocer las respectivas posiciones de opresión como fundamento de una comunidad política en devenir en la que quepan nuestras diferencias y todas las subjetividades oprimidas en el seno del tardo capitalismo, sean lesbianas, gays, subjetividades trans, mujeres racializadas, indígenas o un largo y complejo etcétera.»

«Nuestra tarea en un futuro inmediato es la de cuestionar si todavía es acertado poner el acento en la pregunta identitaria acerca de ‘quién es el sujeto del feminismo’ en lugar de reconocer las respectivas posiciones de opresión». Fusco

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Anna Pagès es licenciada en Ciencias de la Educación y doctora con una tesis en Filosofía de la Educación. Vinculada desde sus inicios a la Universidad Ramon Llull, enseña Filosofía de la Educación en la Facultad de Psicología y Ciencias de la Educación-Blanquerna. Es autora, entre otros, del libro Cenar con Diotima.

«Me gustaría orientar una dirección tomando como brújula dos referencias de mi libro Cenar con Diotima (2018). La primera es la pensadora italiana Adriana Cavarero en su obra A pesar de PlatónNonostante Platone (1990). Cavarero defiende que el feminismo se convierta en un juego poliprospectivo que permita gozar del ejercicio de la libertad. Dice así: ‘Se trata, en palabras sencillas, de la transición desde el nivel de la crítica al de la invención.’ El feminismo adquiere así distintos colores, diferentes posibilidades de interpretación, desde la ética, la política, pasando por la literatura y la filosofía. El feminismo va aquí en la dirección de cómo pensar la tradición, descodificando sus claves y dando un nuevo aire a las autoras.

En su lectura de las distintas heroínas de la antigua Grecia, entre ellas Diotima, Cavarero trabaja con el deslizamiento de significantes para recuperar las historias narradas desde la óptica de los hombres. Su operación consiste en saquear los textos clásicos, de Homero a Platón, con el fin de devolver las figuras femeninas dibujadas por los hombres a las mujeres. Un poco como Robin Hood. He aquí una vía sugerente para el feminismo: pasar del singular al plural, moverse un poco para entrar en los textos de la cultura aportando frescura y originalidad. Hay que salir del cansancio de la liberación para introducirse, desde otras perspectivas —como las lecturas innovadoras de la tradición literaria—, en la alegre experiencia de la libertad orientada a la construcción de un orden simbólico más amplio.

La segunda referencia para pensar el ‘hacia dónde del feminismo’ es la reflexión de la escritora americana Linda Zerilli en su obra El feminismo y el abismo de la libertad (2005). En este escrito, Zerilli utiliza la frase de Hannah Arendt cuando dice: ‘Iniciamos algo. Tejemos nuestra hebra en una red de relaciones. Nunca sabemos qué sale de allí. A todos nos han enseñado a decir: perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen. Esto es verdad para todas las acciones.’ ¿Cuál es hoy el agente político del feminismo? ¿Cómo entender el problema de la unidad y de la capacidad de acción del movimiento feminista actual? ¿Pluralizar el sujeto del feminismo atentaría contra sí mismo como forma de soberanía política? Esta autora subraya la improbabilidad infinita que estructura el feminismo actual como cuestión social. ¿Qué hacemos realmente cuando actuamos políticamente? Siempre queda algo por elaborar bajo la forma de un saber incalculable.

El feminismo de la tercera ola ha entrado en una especie de impasse: ‘Cómo dar cuenta de la pluralidad (las diferencias entre las mujeres) sin renunciar por ello a la capacidad de actuar políticamente.’ Tal vez aquí, en este punto, siguiendo a Hannah Arendt, habría que pensar en las incapacidades de la no soberanía y decidir si adscribirse a la pluralidad desde dentro mismo del feminismo sería una manera de inventar otra capacidad de acción sin ponerla totalmente en crisis».

«Hay que salir del cansancio de la liberación para introducirse, desde otras perspectivas, en la alegre experiencia de la libertad orientada a la construcción de un orden simbólico más amplio». Pagès

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Dayana de la Rosa es filósofa por la Universidad del Atlántico de Colombia y doctora por la Universidad de La Laguna en Tenerife (España). Entre sus especialidades se encuentran la filosofía contemporánea, la filosofía alemana y los estudios de género.

«La pregunta por la agenda del feminismo es una constante. El movimiento feminista de la primera ola, como el de la segunda, respondieron a necesidades específicas amarradas a su tiempo, historia, geografía, cultura. Europa y su periodo ilustrado tenían la lámpara que iluminaba a la mitad de su población: los hombres. No iluminó al otro 50 % de la población, lo que impulsó a los movimientos feministas a iniciar la lucha por el reconocimiento de la ciudadanía, en autoría de Olympe de Gouges y su Declaración Universal de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, que claramente fue tomada como una afrenta y conllevó a la muerte de De Gouges, a la desaparición de su declaración y a la negación del reconocimiento de las mujeres como ciudadanas, por ello afirma Celia Amorós ‘el feminismo es el hijo no querido de la Ilustración’.

Sin embargo, esta crítica olvida que la ilustración tampoco iluminó al resto del mundo. Es decir, el sujeto de todo discurso fue el hombre blanco europeo. Asimismo, ‘la sujeta’ del discurso feminista (primera y segunda Ola) fue la mujer blanca europea. Esto hace necesario que la primera gran anotación en la nueva agenda feminista es y debe ser la construcción crítica de lo que ha sido, no solo un ‘falogocentrismo’ como lo describe Derrida, sino un falogoeurocentrismo1.

Hoy la reflexión sobre el feminismo también demanda abandonar el singular y apostar por el plural: los feminismos. Una característica de nuestro tiempo, este que es el nuevo tiempo de la gran pandemia, es la pluralidad de feminismos con los que ya se cuenta en el mundo. Necesarios por demás, porque como los feminismos diversos, las mujeres somos diversas, con contextos culturales, geográficos, históricos también disímiles. Esas realidades demandan nuevas agendas a los feminismos. Los feminismos negros, decoloniales, ecofeministas, entre otros, están marcando el camino de nuevas luchas y reconocimientos que en los feminismos europeos no estaban agenciados.

Otra gran apuesta que tienen los feminismos de hoy es la formación en asuntos de género de manera generacional para que más niñas y jóvenes comprendan la necesidad de continuar expectantes frente a los giros políticos en el mundo que pretenden devolvernos siglos atrás y arrebatarnos los derechos conquistados, o por situaciones como la pandemia por covid-19 que nos devolvió a la casa, el lugar más inseguro para las mujeres en el mundo, que además nos retornó a las labores de cuidado y a la sobrecarga laboral, familiar aumentando las violencias y brechas de género.

Finalmente, debemos apostar por unas agendas feministas que permanentemente visibilicen los problemas que afrontan las mujeres como la desigualdad que es generalizada en el mundo, sin olvidar que esas brechas varían según necesidades y contextos».

«Las mujeres somos diversas, con contextos culturales, geográficos, históricos también disímiles. Esas realidades demandan nuevas agendas a los feminismos». De la Rosa

Nota

1 Falogoeurocentrismo: privilegio de lo masculino europeo en la construcción del significado o del sujeto de los discursos científicos, epistemológicos, etc. Este término lo he acuñado como una crítica a partir del término «falogocentrismo» de Derrida.

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