Placa conmemorativa de Simone Weil en la calle Bourbonnais nº 3 de Vichy, donde la filósofa pasó el verano de 1940. Autor: TCY. Wikimedia Commons bajo licencia CC BY-SA 4.0.
Placa conmemorativa de Simone Weil en la calle Bourbonnais nº 3 de Vichy, donde la filósofa pasó el verano de 1940. Autor de la foto: TCY. Wikimedia Commons bajo licencia CC BY-SA 4.0.

La manía de pensar y la de sufrir —entendida más bien como la obsesión de hacer suyo el sufrimiento ajeno— de Simone Weil se conjugan en la biografía increíble de esta filósofa ejemplar que nació un 3 de febrero, el de 1909.

Por Pilar Gómez Rodríguez

En 1934, en Francia, una joven y menuda profesora de filosofía en excedencia decidió ser obrera. Pasaría por tres fábricas, a cada cual más dura, hasta darse cuenta de que aquello no era lo suyo. En realidad ya lo sabía; tenía ese conocimiento, pero quería la experiencia. De ella extrae algunas conclusiones que relata por carta a una alumna: «Si se piensa, se va menos rápido; pero hay normas de velocidad, establecidas por implacables burócratas, normas que hay que cumplir para que no te echen y, al mismo tiempo, para ganar lo suficiente, puesto que el salario es a destajo. Yo todavía no he llegado a cumplirlas, por varias razones: la falta de hábito, mi torpeza de siempre, que es considerable, una cierta lentitud natural en los movimientos, los dolores de cabeza y, en fin, una cierta manía de pensar de la que no logro librarme». No llegaría a ser una obrera de primera, pero gracias a esa cierta manía de pensar y a su trabajo infatigable sabemos hoy quién fue y qué hizo Simone Weil.

La verdad hace al genio

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Simone Weil. La conciencia del color y de la belleza, de Emilia Bea (Trotta).

Nacida el 3 de febrero 1909 en París, Weil forma parte de una familia de judíos agnósticos. Su madre, Salome Reinherz, y su padre, el médico Bernard Weil, educaron a sus hijos en el gusto por la cultura clásica y la tradición humanista, en un ambiente donde —como se lee en la introducción de Simone Weil. La conciencia del color y de la belleza, a cargo de la profesora de filosofía del derecho en la Universidad de Valencia Emilia Bea— «los juegos de Simone y su hermano André consistían en memorizar largas escenas de Racine o resolver problemas de álgebra». Ese extraño universo infantil tuvo consecuencias… Pronto su hermano destacaría y se convertiría en un reconocido matemático, mientras que ella se maltrata intelectualmente y sufre una crisis: «A los catorce años caí en una de esas situaciones de desesperanza sin fondo de la adolescencia y pensé seriamente en morir a causa de la mediocridad de mis facultades naturales. Las dotes extraordinarias de mi hermano, que tuvo una infancia y una juventud comparables a las de Pascal, me forzaron a tomar conciencia de ellas. No lamentaba los éxitos externos, sino el no poder abrigar esperanzas de acceso a ese reino trascendente, reservado a los hombres auténticamente grandes, en el que habita la verdad. Prefería morir a vivir sin ella. Tras meses de tinieblas interiores, tuve de repente y para siempre la certeza que cualquier ser humano, aun cuando sus facultades naturales fuesen casi nulas, podía entrar en ese reino de verdad reservado al genio, a condición tan solo de desear la verdad y hacer un continuo esfuerzo de atención por alcanzarla».

Reino trascendente, verdad, atención… el texto que le escribe a su amigo y confidente, Joseph-Marie Perrin en 1942, contiene las palabras que habrían de ser clave en su vida.

«A los catorce años caí en una de esas situaciones de desesperanza sin fondo de la adolescencia y pensé seriamente en morir a causa de la mediocridad de mis facultades naturales. No lamentaba los éxitos externos, sino el no poder abrigar esperanzas de acceso a ese reino trascendente, reservado a los hombres auténticamente grandes, en el que habita la verdad. Prefería morir a vivir sin ella». Simone Weil

Conocimiento filosófico, conocimiento obrero

La filosofía entra en la vida de Weil de la mano de Alain, su maestro, y la acompañará en la prestigiosa Escuela Normal Superior, por donde andaban en aquella época Sartre, Beauvoir, Aron, Levi-Strauss… Con ellos Weil ni tiene ni quiere tener relación. Su revolución no es la de la política ni la de las tertulias de los cafés, sino la de las asambleas obreras y el movimiento sindical, cuyas reivindicaciones y protestas hace suyas.

En la década de los 30 la vida académica y la formación de Weil avanzan junto al apoyo del movimiento obrero, lo que le traerá algunos conflictos. En 1931 comienza su carrera como profesora en la ciudad de Puy, pero también se implica en la Universidad popular, escribe en revistas sindicalistas revolucionarias y participa en manifestaciones obreras, además de donar la mayor parte de sus ingresos a la causa obrera y vivir con lo mínimo, lo que será una constante en su vida. Algunas protestas de los padres contra la extraña profesora se materializan en traslados. Para entonces ya es conocida como la Virgen roja.

Un año después viaja a Alemania para estudiar las relaciones y efectos del nazismo sobre la clase obrera. Sus diagnósticos no pueden ser más certeros: Hitler ganará, el movimiento proletario alemán será destruido y su emancipación no vendrá de la Unión Soviética dada la preocupante deriva totalitaria y burocrática que observa en ese régimen.

Una filósofa entra en la fábrica

A mediados de la década de los 30, su compromiso con la condición obrera —ese será el título de una de sus obras más importantes— va más allá: quiere encarnarse. Si a Weil le interesa el movimiento obrero, tiene que ser uno de ellos. Y no le vale ser como ellos; no, ella tiene que ser uno de ellos, tiene que ser con ellos y padecer con ellos. Por un lado, eso es lo que quiere. Por otro, sabe lo que no quiere y, como relata en una de sus cartas, «cuando pienso que los grandes jefes bolcheviques pretendían crear una clase obrera libre y que ninguno de ellos —Trotsky desde luego, no, y Lenin probablemente tampoco— habían puesto un pie en una fábrica…, la política me resulta una broma siniestra». Simone Weil entra en tres. Su piel abrasada por los rigores del trabajo quedará marcada con el yugo de la esclavitud que había ido a buscar.

Si a Weil le interesa el movimiento obrero, tiene que ser uno de ellos. Y no le vale ser como ellos; no, ella tiene que ser uno de ellos, tiene que ser con ellos y padecer con ellos

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Escritos de Londres y últimas cartas, de Simone Weil (Trotta).

El legado filosófico de esta experiencia inaudita es incalculable: «A través de ella —como escribe Emilia Bea en el mencionado libro— la filosofía entra en contacto directo con la realidad de la esclavitud, de la que tradicionalmente ha estado apartada» como buena hija del ocio que fue durante largos siglos. Gracias a los textos de Weil se habla (y se habla de otro modo) de filosofía del trabajo, de la importancia y la belleza del trabajo manual. El legado humano también es valiosísimo. Gracias a un discurso nuevo, el idioma obrero se permite la expresión de las alegrías de la compasión, la igualdad y la fraternidad; y siente que puede tocar la belleza porque Weil la ha visto y se la ha acercado con sus extrañas, bellas y renovadas palabras.

Una pacifista se va a la guerra

La contradicción es un uno de los grandes atractivos y de los grandes reproches que van unidos a la figura de Simone Weil. No le gusta la guerra, pero, como escribe a Georges Bernanos, «lo que siempre me ha provocado más horror que la guerra es la situación de los que se encuentran en retaguardia». Para ella quedarse en París mientras se lucha en España es retaguardia, de modo que parte en tren hacia Barcelona y se integra en la columna Durruti con el bando republicano. De esa experiencia se derivan textos de alto valor histórico que hablan de la condición humana en circunstancias extremas, más allá de polémicas partidistas. Textos como este, de la misma carta:

Lo esencial es la actitud con respecto al hecho de matar a alguien. Ni entre los españoles, ni siquiera entre los franceses (…) he visto nunca expresar, ni siquiera en la intimidad, la repulsión, el desagrado ni tan sólo la desaprobación por la sangre vertida inútilmente. Usted habla de miedo. Sí, el miedo ha tenido una parte en esas matanzas; pero allí donde yo estaba no he visto la parte que usted le atribuye. Hombres aparentemente valientes —de uno de ellos, al menos, he constatado personalmente su valor— contaban con una sonrisa fraternal, en medio de una comida llena de camaradería, cómo habían matado a sacerdotes o a ‘fascistas’, término muy amplio. En cuanto a mí, tuve el sentimiento de que, cuando las autoridades temporales y espirituales han puesto una categoría de seres humanos fuera de aquellos cuya vida tiene un precio, no hay nada más natural para el hombre que matar. Cuando se sabe que es posible matar sin arriesgarse a un castigo ni reprobación, se mata; o al menos se rodea de sonrisas alentadoras a aquellos que matan. Si por casualidad se experimenta primero cierto desagrado, se calla y pronto se lo sofoca por miedo a parecer que se carece de virilidad. Hay ahí una incitación, una ebriedad a la que es imposible resistirse sin una fuerza de ánimo que me parece excepcional, puesto que no la he encontrado en ninguna parte.

Catolicismo en tres actos

En la misma carta (sí, es un tesoro): «Yo no soy católica, aunque (…) nada católico, nada cristiano me haya parecido nunca ajeno». Su relación con esta creencia tiene tres episodios, tres escenarios. El primero fue en la aldea de pescadores portuguesa Povoa do Varzim, donde, tras una jornada de trabajo miserable, escucha conmovida el canto de las mujeres en procesión: «Allí tuve de repente la certeza de que el cristianismo es por excelencia la religión de los esclavos». Siente también que ella, que se siente esclava, debe adherirse a ella.

La segunda escena se desarrolla en Asís, en 1937, en la capilla donde a menudo había rezado San Francisco y donde «algo más fuerte que yo me obligó por primera vez en mi vida a ponerme de rodillas».

El tercero y definitivo fue en la abadía benedictina de Solesmes, en la Semana Santa de 1938. Es entonces cuando escribe: «El pensamiento de la pasión de Cristo penetró para siempre en mi espíritu». Y sí, el pensamiento y el deseo de ver, vivir y compartir el sufrimiento ya lo llevaba, como demuestran múltiples experiencias en su biografía; lo que es nuevo es la búsqueda e incorporación a su vida del nombre de Dios y el de Cristo.

Marsella: los años de la amistad

En 1939 ya no tiene que ir a buscar la guerra, sino que esta más bien la encuentra ella. En 1940, Simone Weil llega a Marsella huyendo de la contienda mundial. Allí se dedica a una intensa búsqueda religiosa en la que implica a quienes serán sus amigos, confidentes y, a la postre, legatarios: el filósofo católico Gustave Thibon y el dominico Joseph-Marie Perrin. A ellos consulta sus dudas y pareceres —que son muchos y variados— a la hora de acometer su gran tarea vital de la época: armonizar su formación laica con el poder de seducción y la aceptación de la figura de Cristo y la religión católica. Sus últimas obras (La fuente griega, A la espera de Dios, El conocimiento sobrenatural…) tienen que ver con este objetivo, pero muy especialmente Intuiciones precristianas, que en expresión de Simone Pétrement, biógrafa de Simone Weil, responde a su deseo de «reunir los más hermosos escritos no cristianos sobre el amor de Dios».

Y junto a estas disquisiciones, la guerra de fondo. Weil no dejará de luchar en la Resistencia, colaborando por ejemplo con publicaciones como Les cahiers du Sud, la revista más importante de la Francia libre.

Regreso a Ítaca

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Echar raíces, de Simone Weil (Trotta).

En mayo de 1942 se embarca con su familia hacia Estados Unidos. Desde que llega le vuelve a pasar lo mismo que con la guerra de España y quiere volver: ni las retaguardias ni los salvoconductos son para ella. Weil quiere estar donde se sufre y se padece, esa es su patria, porque es allí donde considera que puede ser útil. En noviembre de ese mismo año vuelve, estableciéndose en Londres. Quiere que le encarguen una misión de riesgo, pero muchos de sus compañeros reniegan de esa criatura flacucha de ideas extrañas: trabajará en la teoría, por la reconstrucción de la Francia libre. Su obediencia alumbrará textos revolucionarios como ¿Estamos luchando por la justicia?, Ideas esenciales para una nueva Constitución o Notas sobre la supresión general de los partidos políticos. En español estos textos están reunidos en el libro editado por Trotta, como la mayor parte de la obra de Simone Weil, Escritos de Londres y últimas cartas, con prólogo de Maite Larrauri, así como Echar raíces, una de sus principales obras.

Weil quiere estar donde se sufre y se padece, esa es su patria, porque es allí donde considera que puede ser útil

Mientras su salud se debilita, intenta escribir cartas tranquilizadoras a su familia. Al final cae gravemente enferma de tuberculosis. Entiende la atención médica como un privilegio que la incomoda; quiere padecer en igualdad de condiciones que su prójimo, quiere, por ejemplo, que sus raciones de comida sirvan para alimentar a quienes pasan hambre en la Francia ocupada. Su deseo recuerda al de aquella niña de tan solo cinco años que, teniendo noticias de la guerra del 14, se negó a tomar azúcar con la esperanza de que así les llegara a quienes sufrían en el frente. Aquella joven que 1931, al conocer por la prensa la tragedia de la colonización francesa en Indochina y las condiciones de vida de los anamitas, escribe: «No lo olvidaré jamás. (…) Lágrimas de vergüenza me asfixiaban, no podía comer…». Al final fue rigurosamente cierto que ante el sufrimiento de los demás, Simone Weil no podía comer. En realidad, lo que no podía era vivir si para ello se requiere una especie de distancia mental o moral que a ella se le hacía insoportable e intolerable. Murió el 24 de agosto de 1943 en el hospital de Grosvenor en Ashford, Kent. Está enterrada en el cementerio católico de Ashford.

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