¿Cuál es el peso que tienen nuestras fantasías utópicas a la hora de determinar nuestro desarrollo? © Ana Yael
¿Cuál es el peso que tienen nuestras fantasías utópicas a la hora de determinar nuestro desarrollo? © Ana Yael

La historia de la humanidad siempre ha corrido pareja, o en total conexión, con nuestro desarrollo cognitivo. La mente humana ha sido, más que ningún otro condicionante, la razón de que los humanos hayamos llegado al nivel en el que nos encontramos hoy, y en ello ha tenido mucho que ver nuestra capacidad de imaginar nuevos mundos.

Desde siempre, las personas hemos soñado con vivir más, mejor, más felices y en mejores condiciones. Algunas veces, esos deseos han ido aparejados a tesis políticas que prometían «cielos en la tierra», mientras que otras veces esos proyectos ideales quedaban en nuestras obras de arte, en nuestros libros, cuadros o películas. De un modo u otro, lo cierto es que la humanidad siempre ha soñado, sigue soñando hoy y, con toda probabilidad, seguirá haciéndolo mañana.

El nacimiento de la utopía

¿A qué llamamos utopía? El primero en usar ese término fue Tomás Moro, aunque no está del todo claro su origen, puesto que dicha palabra no existía en el latín clásico. Podría significar tanto «buen lugar» como «ningún lugar», pero, puesto que ambas traducciones son parte de sus características intrínsecas, no escogeremos ninguna y a lo largo del texto nos decantaremos por ambas según convenga.

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2 COMENTARIOS

  1. La idealización utópica de una mejor sociedad creo que es innato del ser humano, viene incorporado en nuestro adn ligado a un concepto hasta darwiniano de conservación de la especie, aunque la utopía abarca mas el campo colectivo que individual, el bien común de la especie también es el bien individual del ser; por otro lado este deseo de mundos o sociedades utópicos los vivimos con mayor intensidad en las épocas de elecciones de funcionarios públicos donde muchos de estos políticos valíendose de este anhelo común del ser humano empiezan a vender ideas utópicas sin el menor respeto de la realidad, cayendo casi siempre en terreno fértil de la necesidad del hombre en creer que los sueños y utopías pueden convertirse en realidad.

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